El picaporte

Es un comedor pequeño, cuadrado, donde la luz exterior tropieza con la profundidad del viejo muro de piedra. En la pared sur, una pequeña ventana por la que asoma tímida y pálida la luz del invierno, apenas si puede atravesar el cristal, entelado por la calidez del hogar encendido. La campana, en medio del cuarto, tiznada por tantos inviernos, aguanta el quejido del viento, hoy sopla de solano, el viejo hogar lo sabe y tira con fuerza, el frio invierno arrecia y en los altos ya se ven blanquear las lomas con las primeras nieves. Ha empezado a helar en los bancales.

Al otro lado y en medio de las dos luces que alumbran el cuarto, la puerta, de madera de pino, gastada y cansada, cuyo mayor heroísmo es seguir sosteniendo el humilde picaporte. Como un guardián, advierte a los moradores actuales, igual que hizo con los anteriores, de visitas esperadas e inesperadas.

Ella pasa las horas sentada delante del hogar; refugio de su vejez, y como si se tratara del susurro de su memoria, escucha atenta las señales que le llegan de cada rincón del cuarto. Nació en esa casa labriega. Frente al fuego, mientras calienta sus huesos cansados, se deja llevar por el chisporrotear de las espurnas de los leños, esas chispas le traen el recuerdo de cuando las manitas de sus pequeños, hacían la intención de pillarlas, como si se tratara de un sonajero de estrellas y ella, con su tierno amor de madre, les reprendía.

Por la ventana entra un tímido resplandor. Piensa en las angustias de inviernos pasados, con los bancales helados y la remolacha a punto de cosecha, ya no tiene que padecer por aquellos esfuerzos, otros lo hacen por ella. Se oye el picaporte de la puerta, alguien entra, su hija, le da un beso y la arropa con la toquilla que ella, previsora de tiempos venideros, se tejió. La hija continúa con sus quehaceres, sale del cuarto, vuelve a sonar el picaporte.

¿Qué misterio encierra ese sonido que constantemente evoca los recuerdos de su ya, gastado y lejano pasado?: se deja llevar por aquella noche, esperando al marido que partió con la caballería en busca de ayuda para su primer parto, cuando ya entrada la hora de la rosada,  ni la lumbre del hogar podía calentar su temor, pero sonó el picaporte, y allí apareció, de regreso, aquel hombre que ya hace tantos años que se fue.

Hoy los recuerdos se agolpan, los deja pasar uno tras otro, la luz que entra sigue débil y pálida, el fuego no consigue calentar sus viejos huesos.

El picaporte vuelve a sonar, ella ya no lo oye.

Concha Benedicto Marco, 2020